Mi esposo olvidó recoger a nuestra hija por decorar la fiesta de su primer amor

Mi esposo olvidó recoger a nuestra hija por decorar la fiesta de su primer amor

Ye-ji pasó nueve días en el hospital. Nueve días en los que no despertó del todo, en los que los doctores entraban y salían con caras que no me gustaban, en los que yo no dormí, no comí, no viví.

Min-jun no se movió de la puerta de la habitación. Dormía en una silla del pasillo. No se bañó en tres días. Cuando intentaba entrar, yo lo detenía con la mirada.

—No —le decía—. Tú ya elegiste dónde estar.

Al décimo día, Ye-ji abrió los ojos.

—Mami… ¿ya pasó mi cumpleaños? —fue lo primero que preguntó. Porque su cumpleaños era en dos semanas y lo único que quería era una fiesta con sus amigas.

Lloré. Lloré como no había llorado en años.

El brazo sanó. La conmoción cedió. Pero la niña que salió del hospital no era la misma que entró: se despertaba llorando por las noches, gritando "¡papá, no te vayas!".

Pedí el divorcio un martes, en la oficina de mi abogada, con las manos firmes por primera vez en meses.

Min-jun no lo peleó. Firmó todo: la custodia para mí, la casa para Ye-ji, la pensión más alta que la ley permitía.

—¿Y Ji-ah? —le pregunté el día que firmamos.

Bajó la cabeza.

—Me llamó cuando se enteró del accidente. Me dijo… me dijo que no podía estar con un hombre que abandonaba a su hija. Cerró el café. Se fue a Busan, creo.

Hasta su primer amor lo despreció. Qué poético.

La última vez que lo vi fue hace un mes, en el parque. Ye-ji corría con sus amigas, riendo, el brazo ya fuerte. Min-jun estaba al otro lado de la reja, con una muñeca en las manos. Una muñeca cara, de esas que Ye-ji quería.

No se atrevió a entrar. Me miró, y yo negué con la cabeza. Todavía no. Quizás algún día, cuando Ye-ji sea más grande y él haya demostrado —con años, no con palabras— que un padre no olvida.

Se fue caminando bajo la lluvia, con la muñeca abrazada contra el pecho, como si fuera lo único que le quedaba.

Mi jefa, la misma que me miró con decepción aquel día, me ascendió el mes pasado. "Una mujer que deja todo por su hija —me dijo— es una mujer en la que puedo confiar".

Y Ji-ah tenía razón en una cosa, aunque nunca se lo diré: no se puede estar con un hombre que abandona a su hija. Por eso yo tampoco estoy con él.

Eligió unos globos. Yo elegí a mi hija. Solo una de las dos decisiones se puede deshacer… y no fue la mía.