
Lo que Tomás sacó del bolsillo era un mechón de pelo castaño claro, atado con un hilo rojo.
—Lo encontré en el cobertizo —dijo, con la voz temblorosa—. El mismo día que Lucía apareció con la cabeza rapada. Y no era el único. Había más mechones escondidos en una caja.
Marta dio un paso atrás, con el rostro descompuesto.
—¡Eso no prueba nada! —gritó, pero su voz sonaba aguda, desesperada.
Don Elías tomó el mechón con manos temblorosas. Lo miró. Luego miró a su esposa. Sesenta y ocho años de matrimonio, y nunca la había visto así.
—Marta —dijo lentamente—, hace tres meses me dijiste que Lucía tenía una enfermedad rara. Que se le caía el pelo. Me mostraste un papel del médico.
—Y era verdad —susurró ella.
—¿Era? —intervino Tomás—. Entonces ¿por qué la vi llorando en el cobertizo mientras usted le pasaba la navaja? ¿Por qué me dijo que no le contara a nadie porque «el abuelo no lo entendería»?
Lucía, en la silla de ruedas, empezó a llorar en silencio. Las lágrimas corrían por sus mejillas.
—Abuelo —susurró—, me dolía. Pero mamá dijo que si no lo hacíamos, la gente del pueblo se burlaría de mí por… por lo otro.
—¿Lo otro? —preguntó don Elías, con el corazón en un puño.
Fue entonces cuando Marta se derrumbó. Cayó de rodillas sobre las hojas secas y confesó entre sollozos: Lucía no estaba enferma. Nunca lo estuvo. Pero había nacido con una marca en el cuero cabelludo, y Marta, obsesionada con las apariencias, convencida de que el pueblo la rechazaría, decidió raparla y inventar la enfermedad para dar lástima en lugar de vergüenza.
—Preferí que creyeran que estaba enferma a que vieran que no era perfecta —lloró.
Don Elías la miró con una mezcla de dolor y furia. Luego se arrodilló junto a la silla de su nieta y la abrazó.
—Mi niña —susurró—, tú eres perfecta. Y tu abuelo te quiere con pelo o sin pelo.
Tomás bajó el dedo por fin. El bosque volvió a respirar.
¿Marta merecía el perdón después de haber mentido sobre la salud de su propia hija?