
A la mañana siguiente, en cuanto Tae-oh salió hacia la oficina, hice dos llamadas: una a la mejor abogada de familia de Seúl, y otra a un detective privado que me recomendó una amiga divorciada.
El detective tardó dos semanas. Lo que encontró me revolvió el estómago: Tae-oh había mantenido a Soo-jin durante nueve años con transferencias mensuales desde una cuenta oculta a nombre de una empresa fantasma. Y el "accidente" de hacía dos meses… un auto registrado a nombre de una filial de su empresa había estado en el lugar exacto, a la hora exacta. El conductor, un empleado de confianza de Tae-oh, se quebró bajo presión y declaró que recibió la orden directa de "asustarla para que dejara de pedir más dinero y de amenazar con contarle todo a la esposa".
Asustarla. La mató. Dejó a un niño de nueve años huérfano para proteger su reputación.
Con la carta, las transferencias, la declaración del conductor y la prueba de ADN, la fiscalía reabrió el caso de la muerte de Kim Soo-jin. Tae-oh fue detenido en su oficina, delante de sus colegas y sus subordinados, esposado como un criminal común. El escándalo llenó los portales durante semanas. Lo condenaron a doce años por homicidio imprudente, amenazas y abandono de menor.
El divorcio fue rápido y limpio: me quedé con la casa, con la mitad de los bienes y con algo mucho más valioso. Solicité la adopción legal de Jun-seo. El juez, un hombre mayor de mirada severa, me miró por encima de sus gafas en la audiencia y me preguntó:
—Señora Kang, debo preguntarle: ¿por qué quiere adoptar al hijo de la amante de su esposo? La mayoría de las mujeres en su situación querrían borrarlo de sus vidas.
—Porque ese niño tocó a mi puerta una noche de lluvia —respondí, con la voz firme— y nadie más en este mundo va a protegerlo. Yo sí. No es culpable de los pecados de su padre.
El juez firmó.
Los primeros meses fueron difíciles. Jun-seo tenía pesadillas y se despertaba llorando, llamando a su mamá en la oscuridad. Yo me levantaba, le preparaba leche tibia y me quedaba con él hasta que volvía a dormirse. Yo no sabía ser madre: había perdido dos embarazos y había enterrado ese sueño bajo años de silencio matrimonial. Aprendimos juntos, a tientas, con paciencia. Le enseñé a hacer kimchi como me enseñó mi abuela, con las manos y sin prisa. Él me enseñó a armar robots de juguete y me explicó, muy serio, que los dinosaurios tenían plumas. Poco a poco, la casa dejó de ser un hotel silencioso y empezó a oler a comida casera y a oírse risas.
Seis meses después de la adopción, una tarde de primavera, estábamos plantando flores en el jardín. Jun-seo se manchó las manos de tierra y se rió con esa risa que por fin había vuelto. Entonces me miró, con esos ojos castaños idénticos a los de su padre, y por primera vez no me llamó "señora".
—Mamá —dijo—. ¿Crees que a mi otra mamá le gustaría este jardín?
Lloré. Lo abracé con las manos llenas de tierra, sin importarme el vestido. Y supe, con una certeza absoluta, que de todas las cosas que Lee Tae-oh me quitó en doce años, esta —esta— no me la pudo quitar.