
Soo-ah se puso pálida. Abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla.
—¿Qué… qué está diciendo?
Mi madre no le respondió a ella. Miró hacia la cocina, donde la madre de Soo-ah acababa de aparecer, atraída por el grito de Tae-hyun.
—Han Mi-sook —dijo mi madre, pronunciando el nombre completo—. ¿Le contaste a tu hija dónde trabajaste ocho años?
La mujer se quedó inmóvil. El trapo que traía en la mano cayó al suelo.
—Señora Kang… yo…
—¡Mamá! —gritó Soo-ah—. ¿Es verdad? ¿Trabajaste para ellos?
Han Mi-sook asintió, con lágrimas corriendo por sus mejillas ásperas.
—Ocho años, hija. Limpiaba su casa cuando tú eras niña. La señora Kang me trató bien. Me pagó la escuela… me ayudó cuando tu padre nos dejó.
—¿Y nunca me lo dijiste? —la voz de Soo-ah temblaba de furia—. ¿Dejaste que me casara con esta familia sin decirme que fuiste su sirvienta?
—¡No fue mi sirvienta! —intervino mi madre, con firmeza—. Fue una trabajadora digna que crió sola a dos hijas. Y yo la respeté siempre. Lo que no entiendo —miró a Soo-ah con tristeza— es de dónde sacaste tanto odio, niña. Te recibimos como hija. Tú decidiste entrar a esta familia como enemiga.
Entonces lo entendí todo. Los desprecios, la arrogancia, la necesidad de humillarme en mi propia casa. Soo-ah había crecido escuchando a medias la historia de su madre, y en su cabeza infantil se había construido un relato: los Kang eran los ricos que miraban por encima del hombro. Casarse con Tae-hyun no fue amor. Fue venganza. Quería quitarles todo, pedazo por pedazo, empezando por mi dignidad.
—Tae-hyun —dijo mi madre, volviéndose hacia mi hermano—, ven aquí.
Él se acercó como un niño regañado.
—Esta mujer forzó la cerradura del cuarto de tu hermana, metió a su familia sin permiso, la trató como empleada y me confundió con la sirvienta. Dime, hijo: ¿esta es la esposa que elegiste?
Tae-hyun miró a Soo-ah. Ella lo miró con los ojos llenos de odio.
—Elige —le dijo ella—. O tu familia de sangre azul, o yo.
Mi hermano cerró los ojos. Cuando los abrió, había lágrimas.
—Lo siento, Soo-ah. Pero no puedo…
—Entonces lárgate tú también —dijo mi madre, señalando la puerta—. Tienes una hora para sacar tus cosas y las de tu familia de esta villa. La cerradura de la suite se cambia hoy mismo. Y si vuelves a poner un pie aquí sin invitación, llamo a la policía.
Soo-ah chilló, amenazó, lloró. Nada funcionó. A las once y media, un taxi se llevó a las tres mujeres y al perro.
Tae-hyun se quedó. Esa noche, sentado en mi cocina —nuestra cocina—, lloró como no lo hacía desde niño.
—Perdóname, noona. Me dejé llevar. Ella… ella me hacía sentir importante. Como un hombre.
Le serví té.
—Ser hombre no es dejar que humillen a tu hermana, Tae-hyun.
Dos meses después, firmaron el divorcio. Soo-ah se fue a vivir con su madre a Jeolla. La última vez que supe de ella, trabajaba como vendedora en una tienda departamental. Por primera vez en su vida, ganándose la vida de verdad.
¿Y su madre? Han Mi-sook siguió viniendo a Seúl. Pero no a limpiar. A tomar el té con mi madre, como dos viejas amigas. Porque las madres no tienen la culpa de los rencores de las hijas.
Mi villa volvió a ser mía. Cambié todas las cerraduras. Y en la puerta de la suite puse una placa pequeña que dice: "Aquí manda la dueña".
Tae-hyun va a terapia. Dice que está aprendiendo a decir que no. Yo le creo. Después de todo, es mi hermanito. Y a los hermanitos se les perdona… una vez.