
No lloré. Eso fue lo primero que me sorprendió de mí misma. No lloré.
Copié el video en tres memorias USB. Una la guardé en mi bolso. Otra en la caja fuerte de mi oficina. La tercera se la envié a mi amiga farmacéutica con una nota: "Si me pasa algo, abre esto."
Después me senté en el piso de mi sala y pensé. Pensé durante horas.
Choi Mi-sook quería mis acciones. Eso estaba claro. El cinco por ciento del Grupo Hanseong valía una fortuna, y con esas acciones yo tenía voz en el consejo. Sin ellas, yo era nadie. Y un divorcio "de mutuo acuerdo" le daba a Min-jae la mitad de todo lo que yo tuviera, incluidas las acciones.
Pero había algo que mi suegra no sabía. O había olvidado.
Mi suegro, el presidente Kang Dae-ho, no le había regalado esas acciones a su nuera por generosidad. Se las había dado con una cláusula: si yo las transfería bajo coacción, la transferencia se anulaba automáticamente y las acciones volvían a él. Me lo explicó el día que firmé, con una sonrisa triste.
—Mi esposa es una mujer ambiciosa, Ha-eun. Algún día lo entenderás. Esto es tu escudo.
No fui a la policía primero. Fui a ver al presidente.
Lo encontré en su oficina del piso 40, mirando la ciudad a través del ventanal. Cuando entré sin cita, levantó la vista, sorprendido. Dejé la USB sobre su escritorio y le dije:
—Vea esto antes de que su esposa transfiera mis acciones.
Lo vio completo. Los doce minutos. Su rostro pasó de la confusión a la incredulidad y de ahí a una furia que nunca le había visto. Cuando terminó, se quedó en silencio tanto tiempo que pensé que le había dado algo.
—¿Min-jae estaba ahí? —preguntó al final, con la voz rota.
—Estaba en la habitación de al lado. Lo sabía todo.
El presidente se levantó, caminó hasta el ventanal y se quedó mirando Seúl durante un minuto entero.
—Mi hijo es un cobarde —dijo—. Y mi esposa es una criminal. Yo construí esta empresa con las manos. No voy a permitir que la conviertan en esto.
Lo que pasó después fue rápido y quirúrgico, como todo lo que hacía Kang Dae-ho.
El lunes por la mañana, antes de que el abogado de mi suegra pudiera presentar la solicitud de divorcio, el departamento legal del Grupo recibió una orden directa del presidente: congelar cualquier transferencia de mis acciones. El abogado revisó el video y confirmó lo obvio: una firma obtenida bajo los efectos de un somnífero no tenía ninguna validez legal. El documento era papel mojado.
El martes, el presidente convocó una reunión extraordinaria del consejo. Invitó a mi suegra. Ella llegó pensando que iba a celebrar.
Puso el video en la pantalla gigante de la sala de juntas. Delante de los once directivos. Delante de su esposo. Delante de su hijo.
Choi Mi-sook intentó levantarse, intentó gritar que era un montaje, pero su propia voz salía de las bocinas, clara como el agua: "Transfiere sus acciones antes de que despierte."
Fue destituida del consejo esa misma tarde. Por unanimidad.
Y el "video del hotel" con el que pensaba chantajearme resultó ser lo que yo sospechaba: nada. Un invento. Mi abogado lo confirmó por escrito.
Min-jae vino a verme una semana después. Lloraba. Me dijo que su madre lo había amenazado con desheredarlo, que él no sabía lo del somnífero, que solo sabía lo de los papeles.
Lo miré durante mucho tiempo. Al hombre del que me había enamorado en una conferencia universitaria. Al que dibujaba edificios en los márgenes.
—No te creo —le dije—. Y aunque te creyera, ya no importa. El hombre que se queda callado mientras drogan a su esposa no es un hombre con el que yo quiera estar.
Saqué unos documentos de mi cajón. Una solicitud de divorcio real. Esta vez la firmé despierta, con mi mano firme y mi letra clara.
—Esta sí es mi firma.
El divorcio se finalizó en tres meses. Me quedé con mis acciones, con mi apartamento y con mi dignidad intacta. Min-jae se quedó con la vergüenza de haber elegido a su madre sobre su esposa, y con un padre que tardó dos años en volver a hablarle.
Choi Mi-sook fue denunciada por administración de sustancias sin consentimiento. No pisó la cárcel por su edad y sus abogados, pero su nombre quedó manchado para siempre en los círculos que más le importaban. Para una mujer como ella, eso fue peor que la prisión.
Yo volví a la arquitectura. Con los dividendos de mis acciones fundé mi propio estudio. Pequeño, al principio. Hoy tenemos cuarenta empleados y un edificio en Gangnam con mi nombre en la puerta.
A veces, cuando tomo té con mis amigas, me preguntan por qué siempre lo preparo yo misma y nunca acepto una taza ya servida.
Sonrío y les digo:
—Costumbre. Una vez alguien me enseñó que hay que tener cuidado con lo que bebes.
Y brindo. Por mí. Despierta, siempre despierta.